Ago 2004

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
El retrato del forastero

Relato a relato Adriana Alarco ha ido perfilando un universo particular en la serie de historias que se desarrollan en un universo atemporal donde se mezcla fantasía y ciencia ficción. Donde al calor de la mesa familiar se cuentan los relatos mas sorprendentes acerca de las interacciones entre humanos y extraterrestres. Para mi gusto esta es una de sus historias mas logradas de lo que podríamos llamar la serie del "Plato del forastero". 

Las vacaciones entre los algodonales de la costa arenosa, en la casa de campo de la abuela, eran un jolgorio. Los primos correteábamos por los corredores o recorríamos la baranda del jardín, trepados a más de un metro del suelo, un pie detrás del otro en equilibrio. No pocas veces nos dábamos coscorrones contra el suelo y luego los recibíamos doblemente del puño de las severas tías, por ser tan torpes y caer sobre los matorrales dañando flores y macetas.
En las tardes calurosas, a las primas nos sentaban en un rincón sombreado a bordar servilletas para el te, cada una con su nombre propio encima, y hablando en voz baja. A pesar de la dedicación y el trabajo, nunca las usamos pues el único té que bebíamos en casa de la abuela era el que servíamos de mentirillas en el juego de loza en miniatura. 
También hacían callar a los muchachos que despepitaban el algodón para rellenar cojines. Esto sucedía para evitar los ruidos mientras los tíos dormían la siesta descansando del trabajo madrugador entre viñas y algodonales, sobre las hamacas colgadas del techo. Entre las rayas que decoraban las hamacas, despintadas por el sol que entraba a raudales, sólo se les distinguían los calcetines agujereados que sobresalían, mientras las botas de montar, llenas de fango seco, estaban colocadas en fila contra la pared descascarada. Bajo el ficus, el Cid relinchaba como de costumbre cuando la montura le despellejaba el lomo después de una larga cabalgata.

Una tarde tranquila, quiso la veterana darnos una lección de historia y mostrarnos los cuadros de los antepasados colgados en la sala, oscuros por el tiempo y el polvo que los cubrían. 
¡Ninguno de nosotros pensó que íbamos a descubrir inauditos secretos escondidos bajo telarañas! Aunque parezca inverosímil, nuestras vacaciones dieron un giro sorprendente que cambió nuestras perspectivas. La luz escasa de la teatina en el techo iluminó un mundo antiguo, apolillado y solemne. Sobre los sillones forrados de cuero oscuro, colgaban los antepasados encerrados en marcos dorados. 
Vimos al juez bretón, amigo de Danton, quien apoyó la Revolución Francesa, con su amistad, sus doblones y sus tierras, y quedó así libre de toda pertenencia que no fuera su vida misma. No entendí bien si la veterana lo contemplaba con temor o con disimulado orgullo, cuando exclamaba la frase famosa del juez: "¿Los muertos en la Revolución? ¡Bien muertos están!" Mientras lo decía, un escalofrío recorría nuestra espina dorsal a pesar del calor, sudor y lágrimas. 
Otro de los antepasados, retratado en medio de los viñedos con la nariz roja por la humedad del invierno o por el aguardiente de fabricación propia, era de origen itálico, de una localidad en las colinas apenínicas. Hijo de una familia numerosa, viajó al otro lado del mar a buscar fortuna y encontró penurias. Según la abuela, le gustaba repetir estas palabras de consuelo: "Hay algo peor que no tener nada y es tener algo.." 
Después de recordar frases tan sabias como espeluznantes, decidimos que teníamos suficiente conocimiento de los antepasados por una tarde, pero la abuela nos detuvo. Quedaban los dos retratos más interesantes. 
Otro de los antepasados colgado en el salón, de origen hispano, provenía de una familia tan atormentada como noble y tan noble como oscura. Nos contó la abuela entre murmullos y oraciones, mientras lo señalaba con el dedo, que descendía de un fiel servidor del Rey quien tuvo el coraje y la animosidad de cortar la cabeza a su esposa, la condesa. Este hecho infausto se verificó por fidelidad a su Rey, para acceder al pedido real de casarse con la infanta, su hija, que lo amaba con locura. Dadas las circunstancias, la condesa lo maldijo antes de morir y yo también hubiera hecho lo mismo si quisieran quitarme la vida por fidelidad o por infidelidad, que para el hecho de quedar descabezada, es lo mismo. 
Quisimos saber lo que había pasado luego con el conde y supimos que falleció al mes de su vil acción, probablemente a causa de la maldición de la condesa. Sin embargo, uno de sus hijos, huérfano de madre, de padre y de blasones nobiliarios, viajó en un barco como grumete y desembarcó en tierras americanas. 
Aquí hizo fortuna como alquimista, preparando tanto perfumes como licores, además de venenos para alimañas y herboristería sorprendente. El químico alquimista de lentes redondos, inventor de una pomada milagrosa para renovar la piel, se veía tan arrugado y triste colgado en el salón de la abuela que dedujimos que nunca pudo probar en carne propia sus remedios maravillosos.

Pero lo que más nos intrigaba era otro cuadro siempre cubierto con una lona agujereada. ¿Era algún antepasado? Nuestra paciencia quedó premiada pues esa tarde, finalmente, la abuela destapó el retrato y pudimos observar una cabeza varonil con corbatín amarrado donde empezaba su cuello escamoso y algo verdoso, que hacía recordar a las lagartijas que tomaban sol cerca del pozo de agua, entre los culantrillos. Salió a relucir que el antepasado Lagarto, como se nos ocurrió llamarlo, ni era antepasado ni era lagarto. 
Nos contó la abuela que aquel personaje de ojos saltones llegó por pura casualidad a la casa en medio del arenal cuando ella era aún una niña. Comentó que su lenguaje y su comportamiento eran algo extraños y que se humedecía constantemente los labios secos con su lengua puntiaguda. Sin embargo, la abuela lo describió como un tipo fascinante, agradable y seductor. En aquel entonces, la bisabuela aficionada a las artes, pintó el retrato del forastero y lo colgó en la sala cerca a los de sus antepasados para tenerlo como recuerdo. Fue uno de los visitantes que la bisabuela admitió en su comedor un día domingo, cuando preparaban el plato del forastero, en caso de que alguien pasara por casualidad por esos lejanos senderos enterrados bajo la arena.
El retrato mostraba a un hombre de edad indefinida, de ojos muy juntos y prominentes, de barbilla larga en una cabeza de forma ovalada. Los cuatro pelos que le crecían a los costados no dejaban verle las orejas que imaginamos desaparecidas del todo, para darle un aire misterioso. Sin embargo, su mirada nos inquietaba y preocupaba. Su piel, escamosa y de color indefinido, nos daba cierta sensación de rechazo, aún si la abuela hablaba maravillas de ese ser que vislumbró cuando era muy joven. Según ella, era culto, ingenioso, viajero infatigable y proveniente de lejanas tierras pues nos informó que era oriundo de un planeta desconocido. 
El forastero dibujó para la bisabuela un mapa de estrellas con su planeta en medio y confesó que la abolladura de su nave interespacial, que lo había obligado a aterrizar en el arenal, se debía a un meteoro que atravesó como un rayo su camino por los espacios etéreos. A causa de los desperfectos que sufrió, su nave tuvo que detenerse en emergencia mientras la arreglaba sobre la colina arenosa que llaman Cerro Blanco, donde sobresalía entre las dunas el esqueleto de una ballena, de siglos atrás. La abuela también nos contó que el forastero Lagarto se quedó de un domingo a otro pues también le interesaron los huesos pelados por el sol del animal. Nunca se supo si se llevó los huesos a su planeta o si les dio vida, porque desaparecieron del cerro y a los pocos días se llenaron las vecinas aguas del litoral oceánico con ballenatos y balleneros. 

De todas formas, habíamos decidido que algo tenía que ver el Lagarto ese con los antepasados para haberlo colgado la bisabuela al costado del juez bretón, del itálico vinícola y del químico adormecido, así como del antepasado hispánico de origen maquiavélico.
Empezamos entonces, a escudriñar a las tías solteronas a ver si les descubríamos algo de piel escamosa bajo sus severos trajes, sus medias de algodón grueso o debajo de los guantes de tafetán que usaban los domingos en la misa. Por esa razón, escapamos del dormitorio a la hora en que las tías iban a descansar y mirando por el agujero de la cerradura mientras se desvestían para dormir, descubrimos el horror de los horrores.
La tía Jacinta, en camisón y con el cabello suelto que le cubría sus diminutas orejas, se quitó los botines y nos permitió descubrir sus tobillos escamosos. Nos pareció ver, a la luz titilante de la vela, que entre los dedos de sus pies le crecían membranas como tienen las iguanas de las quebradas frías. Abrimos los ojos desmesuradamente y corrimos despavoridos hacia el dormitorio para no hacer ruido.
Lo tomamos como un hecho veraz y nunca más recogimos por la cola a las lagartijas que solían tomar sol cerca al pozo de agua, pues muchas veces se quedaban sin cola y se escondían hasta que les creciera otra. ¿Quién podría decirnos si ellas no eran también nuestras parientes? ¿Habrá sido todo eso fruto de nuestra imaginación febril? No podemos estar seguras pero, por temor a una verdad alucinante, nunca más quisimos entrar a ver el retrato del Lagarto de ojos saltones pintado por la bisabuela. Más bien, de vez en cuando, nos examinamos para observar si nos crecen membranas entre los dedos o si alguna piel seca por el sol se podría convertir en escama verde de lagarto.
Descubrimos finalmente el secreto de porqué en casa los domingos, se prepara siempre un lugar en la mesa del comedor con el plato para el forastero. ¡Se espera que algún día pueda aterrizar, si no el enamorado Lagarto de la bisabuela, algún descendiente o pariente de ese ser tan fascinante que pasó una semana en el arenal! ¡Del extraterrestre que llegó hace años desde un planeta lejanísimo, misterioso y desconocido! 
La mesa dominical está puesta. El plato del forastero espera.

© Adriana Alarco; 19-08-2004.

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Adriana Alarco
Nacida en Lima, Perú, y casada con un economista italiano. Tiene tres hijas, dos viven en Italia y una vive en Méjico, y 4 nietos pequeños.
Trabaja como traductora, al inglés, italiano y castellano.
Acompañando a su esposo ha vivido en la sierra del Perú, cuando la compañía italiana donde trabajó construyó hidroeléctricas, represas,
carreteras, etc., en campamentos alejados y desolados.

Su produccion bibliografica ha estado orientada al Teatro y relato infantil-juvenil. Donde ha desarrollado una profusa labor. Asimismo ha escrito varios libros sobre temas variados que van desde las plantas medicinales hasta los minerales peruanos.

Recientemente ha decantado su produccion a la literatura de Ciencia Ficcion donde tiene publicado ya varios relatos en las diferentes revistas electronicas que circulan por la red.

Bibliografia de CF&F
.- Trocitos de Vida
.- Laboratorio de Robots
.- Dudas en la Niebla
.- Alas de Mariposa
.- Desde la Luna por el
   Arcoiris
.- Un Cierto Extraño Ser
.- El Plato del Forastero
.- Meteorito
.- Neón y la víbora
.- Lorenzo del mar
.- Cuentos de la bruja
   Brujilda
.- El forastero prodigioso
.- El galán
.- El retrato del forastero
El efecto mariposa
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El arte de Vincent Di Fate
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